Hace diez años Mercedes López se consideraba afortunada: Con esfuerzo había construido una casita en las riberas del río El Cojo, en Macuto, Estado Vargas. También con sacrificio había logrado darle educación a su hija, y gracias a ello su muchacha había conseguido trabajo en el Aeropuerto de Maiquetía. La vivienda de Mercedes era muy modesta pero disponía incluso de una mínima terraza donde, cada tarde, veía al sol esconderse en el Mar Caribe, mientras el sonido del río se confundía con las risas de sus dos nietos. Después de toda una vida de trabajo, a Mercedes aquello se le parecía mucho a la felicidad.
El 15 de diciembre de 1999 bajó de la montaña una fuerza demoledora que destrozó la vida de Mercedes, y que acabó con otras miles. Mientras el Gobierno y los medios de comunicación estaban pendientes del referendo para aprobar el proyecto de Constitución, en Vargas el Teniente Coronel de Bomberos Ángel Rangel -coordinador nacional de Defensa Civil- enviaba desesperados mensajes a sus superiores pidiendo se declarara la emergencia para enfrentar lo que obviamente era una tragedia de inmensas proporciones. No fue atendido. Esa noche en Palacio los resultados electorales se celebraron con discursos y champaña, y en Macuto el río convirtió la casa de Mercedes en escombros.
“¿Quién dijo miedo?”, se preguntó. “Lo material se recupera. Lo importante es que estamos vivos, y juntos”. Pero tras el deslave natural vino otro, político y moral: La incompetencia y corrupción de los gerentes públicos transformaron la reconstrucción del Estado en un cuento interminable, bueno sólo para los burócratas y contratistas que se hicieron ricos. Mientras, Vargas –sin fuentes de trabajo por la destrucción de la estructura turística, y sin tejido social por la irresponsabilidad de “éxodos” improvisados- se transformó en el Estado más inseguro y sangriento del país, en proporción al número de habitantes. Un día, al regresar de su trabajo en el Aeropuerto, la hija de Mercedes fue asesinada por ladrones. Con apenas meses de diferencia Mercedes se quedó sin casa y sin hija. Y con dos nietos a su cargo.
Viviendo en este amasijo de cabillas retorcidas y bloques a punto de caer, Mercedes lucha por la vida de sus nietos... Hoy Mercedes López lava ropa a quien le pague por ello. Así mantiene a sus dos nietos, que con ella comparten la media casa en ruinas que el río les dejó. Ha metido planillas en todas partes, ha llenado carpetas en todos los organismos, en muchos sitios han prometido soluciones a su necesidad de vivienda, y todo se ha quedado en promesas. Incluso salió en una lista de beneficiarios del llamado Programa 8 del Consejo Nacional de la Vivienda, aquel que daba hasta 50 millones de “bolívares viejos” para comprar casas en el mercado secundario. Cuando fue a buscar su cheque, a Mercedes le dijeron que habían cerrado el programa.
A diez años de la primera tragedia, Mercedes López todavía llora y espera. Pero ya no cree ni confía. Ahora exige: “Mis nietos necesitan vivienda, y yo tengo toda una vida de trabajo. No estoy pidiendo favores, sino reclamando un derecho”.












