A todos los que se quejan (con razón) de la calidad de la oferta electoral de la oposición político-partidista; A todos los que (ciertamente con argumentos) expresan su rechazo e incluso su repugnancia por el tono y la calidad del “debate” que en muchas partes aun mantienen entre si candidaturas que se proclaman “demócratas” y “de oposición”; A todos los que, en fin, no por capricho apalancan su disconformidad con la oposición política convencional en los hechos y conductas de esa misma oposición, a todos ellos les digo, con mucho respeto, que dentro de una semana HAY QUE IR A VOTAR porque sencillamente no hacerlo es mucho, pero mucho peor.
DE LAS BUENAS RAZONES A LAS NECESARIAS ACCIONES
Y no es por cierto esta afirmación parte de un debate académico. Hace cuatro años, bajo la conseja de que “conservar espacios políticos solo tiene sentido para los políticos, porque ese es su modo de vida”, sectores muy importantes de la sociedad venezolana le regalaron al proyecto totalitario que lidera el presidente Chávez el control de estados y municipios que de otra manera le hubiera sido imposible o muy difícil alcanzar. Diosdado Cabello en Miranda y Acosta Cárles en Carabobo, entre muchos otros, llegaron a ser gobernadores no porque “ganaran”, sino porque recibieron en bandeja de plata los cargos que a uno le obsequió el Este de Caracas y al otro el Norte de Valencia. Juan Barreto Cipriani, el “ilustre” alcalde metropolitano de la Capital de la República, llegó al cargo con el voto de sólo uno de cada cinco caraqueños con derecho a sufragar. ¿Que de todos modos (es posible argumentar) el oficialismo hubiera ganado en esos espacios, apelando al fraude? ¡Quizá! Pero lo que si es claro es que la ausencia de los demócratas de las urnas electorales le facilitó el trabajo al gobierno, porque ni fraude tuvo que hacer. Dicho de una amarga manera (sobre todo amarga para los honestos venezolanos que de buena fe fundaron entonces su posición abstencionista en razones éticas), la ciudadanía democrática que en ese tiempo no votó cooperó con el proyecto totalitario que pretende copar todos los espacios de la sociedad y el Estado. Lo irónico del asunto es que la minoría que entonces sostuvo que había que pelear en todos los terrenos, incluyendo el electoral, fue llamada “colaboracionista”.
Esta historia previa hace que sea una necedad, tanto del gobierno como de la oposición política convencional, tratar de exprimir la imaginación para presentar los resultados del 23-N como una “victoria”.
En efecto, el gobierno luce patético cuando pone a sus agentes de propaganda a decir mentiras obvias, como esa de que hoy la oposición tiene “siete gobernaciones”, mentira que es el resultado de sumar a las únicas dos de la oposición convencional (Zulia y Nueva Esparta) las otras cinco que corresponden a la disidencia chavista (Aragua, Sucre, Carabobo, Trujillo y Guarico). El objetivo de esta estratagema oficialista es que (según los números del gobierno) la sumatoria de las gobernaciones que podrían ganar la oposición convencional y la disidencia chavista alcanzaría a seis, ya que ellos dan ganadora a la oposición convencional únicamente en Zulia, Nueva Esparta, Carabobo y Miranda, mientras admiten el triunfo de la disidencia chavista sólo en Barinas y Sucre. Así el gobierno aspira amanecer el 24 de noviembre cantando victoria, argumentando que lo que ellos llaman falazmente “la oposición” pasó, según Chávez e Izarrita, de tener siete gobernaciones a lograr sólo seis. Cuentas malas y alegría de tísico.
¿“PERDER” CUÁNTO? ¿“GANAR” QUÉ?
Pero la oposición política convencional tampoco sale muy bien parada en los numeritos de la antesala del partido. Después de haber alimentado irresponsablemente expectativas falsas sobre un supuesto triunfo “en la mitad del país” (es decir, en unas doce gobernaciones) hoy los pocos números confiables de las escasas encuestadoras que sobrevivieron a la debacle de credibilidad que para esas empresas significó la precampaña opositora, revelan que la oposición convencional pudiera mantener Zulia y Nueva Esparta, no debería tener problemas en recuperar Carabobo, tiene un chance muy importante en Miranda (si la población electoral de Chacao y El Hatillo no transforma en abstención el rechazo al espectáculo brindado allí por los exponentes opositores locales, y si en Baruta la población decide que es más importante castigar a Diosdado que sancionar la gestión de quien fue su alcalde…), tiene una posibilidad de victoria apreciable pero no segura en Táchira y observa impotente como en Bolívar lo que era una expectativa cierta de triunfo pudiera no concretarse por la imposibilidad de alcanzar la unidad. En la Alcaldía del Municipio Sucre del Estado Miranda el triunfo de Carlos Ocaríz –resultado de ocho años de trabajo sólido- parece absolutamente claro, mientras que en la Alcaldía Metropolitana -a pesar del inmenso esfuerzo de un Ledezma crecido ante el reto- la ventaja que el oficialismo puede sacar en Libertador puede ser tanta que la posibilidad de un desenlace positivo a nivel metropolitano depende demasiado de lo que termine de ocurrir con los niveles de abstención en Baruta, Chacao y El Hatillo. Si a todo esto sumamos que efectivamente los números que maneja la oposición también indican que la disidencia chavista sólo podría coronar victorias en Barinas y Sucre, eso coloca las cuentas del universo no oficialista en un rango bajo de cinco y en un rango óptimo de ocho gobernaciones, incluyendo la Alcaldía Metropolitana de Caracas. Es decir, por encima de las seis gobernaciones admitidas por los cálculos oficialistas, pero por debajo de las 12 prometidas por el irresponsable triunfalismo opositor.
Más importante aun que las proyecciones referidas a las gobernaciones, es el cálculo de las alcaldías que el país no oficialista podría alcanzar el 23-N. De un total de trescientas y tantas alcaldías, opciones distintas al oficialismo podrían lograr victorias importantes en más de un centenar, con el dato adicional que entre ellas estás las correspondientes a las ciudades más importantes y pobladas del país. Maracaibo y Porlamar, Barquisimeto y San Cristóbal, Mérida y Valera, Maracay y Caroní, entre muchísimas otras de las alcaldías mas importantes del país (incluyendo cuatro de las cinco alcaldías de Caracas) van a ser ganadas por opciones distintas al oficialismo.
Ahora, de concretarse estas razonables estimaciones, ¿Tendría razón el oficialismo, si canta victoria? ¿O tendría razón la oposición, si proclama un triunfo? Como decía el filósofo aquel, tan imitado por Chávez, “ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario”.
En efecto, el gobierno difícilmente podría cantar victoria sin faltar gravemente a la verdad. Hace cuatro años el oficialismo se alzó con 22 de 24 gobernaciones posibles (contando como “gobernaciones” las alcaldías metropolitanas de Caracas y del Alto Apure). El 24 de noviembre los partidarios del gobierno tendrán menos gobernaciones y alcaldías bajo su control que hace cuatro años. Eso no es una “opinión”. Es un hecho matemático, y una realidad política. Lo demás será bla bla para justificar la convocatoria a una consulta popular sobre una enmienda constitucional que nuevamente le dé a Chávez la posibilidad de reeligirse un período más.
Pero para la oposición tampoco será posible proclamar como un triunfo lo que apenas será recuperar parte de lo que por “forfait” perdió hace cuatro años. Al ganar en los estados de mayor desarrollo económico (Distrito Capital, Zulia, Carabobo, Miranda) y en las alcaldías de las grandes ciudades, la oposición ratificará que su “cuarenta y tanto por ciento” sigue estando allí, como realidad insoslayable. Al perder en la mayoría de las ciudades medianas y pequeñas, y en buena parte de los sectores populares de las grandes ciudades, estará constatando nuevamente que sigue sin incorporar a los sectores sociales indispensables para construir una nueva mayoría democrática que, además de entusiasta, sea ganadora.
OLAS EN EL ESTANQUE
Ambos resultados en realidad lo único que revelarán, tanto para el oficialismo como para la oposición, es el ESTANCAMIENTO. Y vencer ese estancamiento reclamará de ambos sectores unas importantes dosis de coraje político del que hoy parecen carecer.
Para el oficialismo quedará claro que en la actualidad dista mucho de ser un “movimiento revolucionario”, sino que es apenas es una maquinaria clientelar, cohesionada únicamente por la vocación de lucro de su élite y por la sumisión acrítica de sus bases ante la imagen y el discurso de un individuo que en realidad no es un “líder” sino apenas un anzuelo electoral. Trascender esa condición pasa por dotarse de una dirección colectiva que vaya más allá de las “órdenes” de un supuesto “comandante” y se atreva a ejercerse (y a hacerse respetar) como equipo; pasa igualmente por dotarse de una estrategia consensuada mediante el debate, no dependiente en consecuencia de las “súbitas inspiraciones” o irresponsables caprichos de un mandamás; pasa, sobre todo, por atender a las demandas de reivindicación social de la base popular que cada vez cree menos en ellos, en vez de seguir atendiendo a las consignas ideológicas que sirven de camuflaje a la red de ladrones y nuevos plutócratas que conformar la alta burocracia roja.
Para los sectores que pretenden ser opción ante el chavismo el reto es aun más exigente. La oposición política convencional que antes intentó obviar la importancia del fenómeno chavista, diciendo que eso era “algo pasajero” que “caería por su propio peso”, ha resuelto ahora intentar competir con el chavismo… copiándolo: En Zulia los candidatos de “oposición” utilizan los actos de gobierno para hacer campaña electoral, de la misma forma ilegal y amoral en que lo hace el chavismo en el resto del país; En muchísimos estados gobernantes de oposición designan como “candidatos a la sucesión” a esposas, madres, hermanos y secretarios privados, exactamente igual como lo hace el monárquico nepotismo chavista; Aquel Presidente machista y guapetón, que en un discurso público amenazaba a su esposa diciendo que “en lo que llegue a la casa te voy a dar lo tuyo”, es copiado por un candidato a gobernador que explica las bondades de su candidatura en Barlovento afirmando que a él “le gustan las negras”. En fin: quienes se supone deberían esforzarse por ser ALTERNATIVA, desarrollan un discurso que los vende como COPIAS desvaídas de aquello a lo que se debieran oponer.
TAREAS PENDIENTES… ¿PARA QUIÉN?
La transformación de esa fuerza objetivamente conservadora, defensora de los privilegios de la nueva oligarquía, que hoy es el chavismo burocrático, en un movimiento realmente revolucionario, impulsor y constructor de los cambios que el país necesita y demanda, no podrá ser animada y mucho menos protagonizada por aquellos que han construido grandes fortunas o han obtenido acceso a importantes parcelas de poder haciendo gala de perruna sumisión al “líder”. Eso es evidente hasta para los muy respetables escribidores de aporrea.org.
Debería ser también evidente para los igualmente respetables participantes de otros foros que la oposición política convencional tiene diez años sin ser exitosa no por los errores puntuales de la etapa “Y” o del momento “X”. Su ausencia de éxito es el resultado de algo más trascendente y menos contingente: su única estrategia es la nostalgia, la restauración es su objetivo, lo confiese o no, y el espejo retrovisor es su bola de cristal. Su justo rechazo a los horrores del presente la ha conducido no a la formulación de un proyecto de mejor futuro, sino a la añoranza de un pasado que es evocado con amnesia selectiva. Que a diez años de la victoria chavista tengamos a dos partidos supuestamente nuevos aspirando a asumir los roles hegemónicos del viejo bipartidismo, lo único que revela es cuan lejos están de entender que el retorno al pasado no es ni “bueno” ni “malo”: Simplemente no es. Por eso el construir una fuerza social y política que no sólo sea una “opción” electoral frente al gobierno, sino que sea una alternativa ética, política, cultural y social frente a un régimen que, como éste, es incapaz de garantizar la vida, seguridad y prosperidad de las mayorías, y que además es incompatible con los valores y principios de la vida en democracia, ES UNA TAREA PENDIENTE NO “DE LA OPOSICIÓN”, SINO DEL PAIS.
Porque no sólo se trata de “ofrecerle a la sociedad un liderazgo distinto”. Pensar las cosas así es ser parte del problema que arrastramos, no de la solución que es necesario construir. Optimizar la “oferta” política no será resultado de las buenas intenciones de “aparato” alguno. Lo que esta planteado es la necesidad de promover el surgimiento de una demanda política cualitativamente distinta, de una ciudadanía que se relacione con la política como proceso y con los políticos como individuos no desde la perspectiva clientelar (“ese tipo esta en el poder o puede llegar a él, por lo tanto seré su incondicional para que me tome en cuenta a la hora del reparto”) sino desde una perspectiva proactiva (“ese tipo que esta en el poder o que puede llegar a él es mi empleado, mi representante, ejerce de manera temporal y contingente un poder que yo le di, por lo tanto debo ser con él exigente y riguroso para que haga bien su trabajo, y así él sea un mejor servidor público y tengamos todos una mejor ciudad y un mejor país”).
Por supuesto, la construcción de esa nueva demanda político-social debe verse acompañada, correspondida y retroalimentada por la aparición de una nueva oferta político-partidista que debe emerger hecha carne en hombres y mujeres que asuman la política como servicio, que sean capaces de respaldar sus palabras con sus hechos y que además de saber leer encuestas tengan convicciones y sean capaces de jugarse el pellejo por ellas. Unos hombres y mujeres que pretendan legítimamente ser “relevo” no porque tengan menos años, o porque hayan apelado exitosamente a ese recurso “teórico” que ahora es el botox o el photoshop, sino porque expresen de manera genuina una nueva cultura política que supere los prejuicios reduccionistas de las viejas ideologías y que venza también la tendencia pragmática a considerar la mercadotecnia electoral como un “aceptable sustituto” del buen criterio.
Mientras tanto y precisamente para avanzar en esa dirección, votar este 23-N es imprescindible, para restarle poder al proyecto totalitario y para construir el espacio político e institucional en que se pueda expresar esa fuerza social que ya es mayoritaria: la de los venezolanos que queremos un cambio de verdad en democracia y libertad.


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