Ella se llama Leydi Velasco. Vive en el Estado Miranda, en San Francisco de Yare, concretamente en el sector La Aguada, al lado del barrio conocido como Cambambé. Leydi tiene cuatro meses sin dormir bien, más no es insomnio el mal que la agobia. Es miedo. Es rabia. Es impotencia. Hace cuatro meses una pared de la casa que habita se cayó. Ella, que es madre y padre para sus tres pequeñas hijas, reparó el hueco como pudo: un jergón allí, un plástico allá, nada que pueda en realidad evitar la entrada de un intruso a medianoche. Y en efecto, tal intrusión se produjo. No una, no dos, sino en tres oportunidades, elementos criminales entraron a la casa de Leydi no sólo para robar, sino para intentar saciar en ella sus apetencias lascivas. En las tres ocasiones Leydi tuvo la fuerza física, la presencia de ánimo y la protección de Dios para enfrentar a los intrusos y hacerlos huir. Pero en cualquiera de esos careos con la muerte pudo haber terminado robada, violada o muerta.
Angustiada por la seguridad de sus tres hijas más que por su propia vida, Leydi fue a hablar con el alcalde Saúl Yánez. Lo encontró en la puerta de la emisora “La Diabla”, donde el mandatario local tiene un programa radial. Leydi necesitaba poca cosa: Algunos bloques, arena y cemento para reparar ella misma la vivienda que ocupa. El alcalde “la despachó” remitiéndola a una burócrata encargada de vivienda en el ejecutivo municipal. En esa oficina se enteró de que la funcionaria estaba de reposo “porque estaba demasiado estresada”, y que sería sustituida por otro funcionario. Tendría que esperar el “traspaso de mando” para hacer su solicitud. Papeleo, excusas, “llame mañana”, “venga otro día”. Pero cada vez que anochece, Leydi no sabe si amanece viva…
La casa de Leydi queda frente a una calle de tierra, cuyo asfaltado ha sido cobrado tres veces, y nunca ha sido realizado. Los postes eléctricos son varas de bambú sobre las que los cables se mecen, amenazantes. Al otro lado de la calle queda una laguna, reservorio del embalse Lagartijo, que en estos tiempos de racionamento de agua debería ser objeto de cuidado y mantenimiento esmerado por parte de Hidrocapital y Min Ambiente. Inexplicablemente, no es así: Basura y animales muertos contaminan la laguna, y su hedor hace irrespirable el aire del espectral vecindario. Ese es el desolador contexto social, físico y espiritual, en el que se verifica el drama de Leydi.
El alcalde tiene un proyecto ambicioso: Una “Constituyente Municipal”, un plan de desarrollo a 20 años, una revolución “a lo San Francisco de Yare”. Intenciones que quizá hasta buenas sean. Pero mientras van y vienen los discursos bonitos, los “papeles de trabajo” y los pomposos eventos, Leydi sigue viviendo en el miedo, y sus vecinos siguen, como ella, en la miseria.
En Yare, al igual que en toda Venezuela, no logran encontrarse los discursos y las realidades. Mientras, millones de Leydi duermen como ella misma dice: “Con los ojos abiertos y el cuchillo en la mano”. En este, tu país, mi país…












